La batalla del Nilo · Javier Valenzuela

La revolución egipcia se ahoga, mejor dicho, la estrangulan los aún dominantes poderes del régimen de Mubarak: esos militares que no quieren enfilar con paso firme la senda de la transición democrática; esos policías que dejan que se extienda la delincuencia y con ella la nostalgia de la mano dura; esos jueces que aplazan una y otra vez las vistas contra los torturadores y asesinos de los últimos años; esos medios de comunicación públicos (los únicos existentes fuera de Internet) que despotrican del cambio… La asfixia también la precariedad económica, y en particular el tremendo descenso del turismo extranjero, y no le ayuda, desde luego, la división de las fuerzas opositoras, la ruptura de la unidad heroicamente forjada el pasado invierno en la plaza del Tahrir.

Por eso los demócratas egipcios están convocados a reunirse de nuevo hoy, en el ágora de Tahrir. Se trata de resucitar la magna asamblea que devolvió el orgullo al pueblo de Egipto, suscitó la admiración del planeta y consiguió que el faraón Mubarak fuera derrocado por sus propios soldados.

Esta vez, los manifestantes reclamarán una nueva Constitución democrática. La pretensión del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas que asumió el poder tras la caída de Mubarak es tirar millas con la reforma parcial aprobada en referéndum el pasado marzo y celebrar elecciones a comienzos del próximo otoño. Esto, amén de mantener lo esencial del régimen de Mubarak, conviene a los islamistas, partidarios de unos comicios en los que podrían obtener buenos resultados, pero no de una nueva Carta Magna que consagre la primacía de la democracia y los derechos humanos en el Valle del Nilo y establezca mecanismos -por ejemplo, prensa libre y poder judicial independiente- que impidan el ejercicio totalitario del poder.

El que una junta militar se hiciera cargo de Egipto tras el destronamiento de Mubarak no era en sí una mala salida… siempre y cuando fuera provisional y, aún más importante, encaminara al país con claridad hacia la democracia. Pero los militares dirigidos por el mariscal Tantawi se están mostrando ambiguos y vacilantes, en el mejor de los casos, o claramente inmovilistas, en el peor.

En su último artículo, el escritor Alaa el Aswany afirma que la revolución egipcia cometió dos errores. El primero, abandonar festivamente Tahrir tras la caída, el 11 de febrero, de Mubarak. El segundo, fragmentarse antes de haber elaborado un programa común y haber conseguido su aplicación. Por eso El Aswany apoya la nueva cita con la historia que un nuevo viernes de oración tiene la revolución egipcia en Tahrir. ¿Tendrá un seguimiento masivo? ¿Se producirán provocaciones violentas por parte de fuerzas oscuras? ¿Volverán a unirse los demócratas y los islamistas? ¿Se repetirán aquellas emocionantes escenas de enero y febrero en las que los cristianos coptos protegían a los musulmanes y viceversa? ¿Tendrán las mujeres el protagonismo de entonces?

No solo está en juego el futuro de la democracia en Egipto, también el de la Primavera Árabe. Si la democracia pierde la batalla del Nilo habrá perdido la guerra.

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