Mi barrio de Hamra, por Tomás Alcoverro

Tomás Alcoverro
20/07/2006
Hamra, mi barrio del oeste de la ciudad, está rebosante de gente, de automóviles procedentes de los suburbios chíies de la capital y de las regiones del sur, bombardeadas y amenazadas por los israelíes. Hamra, cuyo nombre alude a las dunas y tierras rojas de esta zona por la que se extendió en los años cincuenta la geografía de Beirut, esta metrópoli árabe mediterránea occidentalizada, ha sido siempre un lugar privilegiado de talante abierto, de cosmopolitas costumbres, pese a su decadencia, donde han convivido musulmanes y cristianos y se establecieron las numerosas colonias extranjeras. Incluso en los años de desgarro de la capital entre la zona crisrtiana del este y la musulmana del oeste, sus iglesias estuvieron abiertas de par en par y nunca desapareció completamente su espíritu a la vez mercantil e intelectual, por la presencia de la Universidad Americana, de redacciones de diarios, y librerías, subversivo, porque en sus clausuradas cafeterías se tramaron conjuras y conspiraciones de los exilados de países vecinos, y desenfadado y lúdico por sus clubs nocturnos ahora mortecinos, y sus salas de cine ya cerradas. Si Beirut ha sido una ciudad refugio con todas sus contradicciones explosivas, engendradas por el puralismo comunitario, Hamra ha guardado su induiscutible arte de vivir extravertido y multiconfesional. Extinguido el efímero cosmopolitismo de Alejandría es el último reducto de población liberal del Levante.

Si no hubiese vivido en Hamra no hubiese podido resistir los largos años de la guerra civil, ni la invasión israelí de 1982, ni el terror cuando se secuestraba por las calles. Fue tanto el apego a mi barrio y a mi casa junto al Hotel Commodore, que el embajador Aristegui, muerto en un bombardeo en la embajada de España en 1989, gustaba decir que era un ciuddano de Hamra. Me he sentido aquí tan a gusto, que a veces he creído que su calle principal era el pasillo de mi piso. Una vez más me agarro a Beirut, pólvora y jazmín, cuando todos la abandonan.

Mi vecina Encarna Ruiz y su hijo Sergi como tantos miles de extranjeros, han sido evacuados en convoyes de autobueses hacia Damasco o en barcos rumbo a la vecina isla de Chipre. Mientras el barrio se vacia de sus últimos extranjeros, los habitantes de las zonas chíies se refugian en sus colegios y escuelas públicas. ¿Pero quién se ha acordado de evacuar estas miles de filipinas, de etíopes, como Edo, empleada en mi edificio de ceilandesas, explotadas como sirvientas, y a las que sus patronos acostumbran a retener sus pasaportes? Con los bombardeos nocturnos, transmitidos en vivo por las televisiones locales, y con el miedo se va estrujando la geografía habitable de la ciudad.

En la librería Antoine, la más importante del oeste de Beirut, en la que he tenido la sorpresa de ver expuesto el cartel de mi libro de crónicas “El decano”, precisamente estos días en que ha estallado este nuevo conflicto mortífero y devastador, Sohat, la encargada cuenta que los vecinos del barrio temen que este enfrentamiento se prolongue y se agrave y fomente más discordias internas. “Siete veces -dice- fue destruída Beirut pero la reconstruiremos otra vez”. Al comenzar la invasión israelí de 1982 escribí este texto: “Beirut por todo esto, porque estalla en el aire como un castillo de fuegos artificiales y queda agarrada firme en la orilla del mar, porque es la frontera entre todos los sentimientos y eso tan superficial que son las ideas, porque es el infierno, la imaginación, la ternura y la esperanza; Beirut porque cada día parece morirse irremisiblemente y surge después en otra aurora roja, porque todos la desaucian y nadie la arranca de su corazón es, y no la he elegido, mi ciudad”.

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